Emotivas palabras de don Renán Fuentealba en despedida a su amigo Patricio Aylwin

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10Se me ha encargado que como uno de los hermanos mayores de Patricio en las lides políticas, que compartimos y vivimos juntos durante tantos años, diga algunas palabras en esta solemne ocasión, como lo es la celebración de su transición personal hacia el más allá.
Me asiste la esperanza de que Patricio ha manejado su transición personal tan bien o mejor que la de su país.
Si es así, bendito sea, porque ello significa que nuestro amigo no ha muerto. Nuestro amigo está dormido.
Buen cristiano como lo fue, estaría muy contento si nosotros le decimos: “Alegría, alegría Patricio ha resucitado y por la voluntad de Dios vive ahora en la ciudad celestial, en la ciudad de Dios. Feliz Pascua, amigo mío”.
Muchos y muchas, en formas en que jamás me habría imaginado, han recordado tus cualidades y actuaciones en las que siempre fuiste el primero. Como militante de la Falange y el Partido Demócrata Cristiano, como estudiante y dirigente estudiantil, como profesional, como presidente nacional de la Democracia Cristiana. En fin, en todas sus actividades se nota la mano de Patricio.
Dentro de todas estas tareas, por cierto, cabe destacar su excelente desempeño como senador y presidente del Senado de la República y como político ejemplar.
No es de extrañar entonces que en momentos cruciales de nuestra historia contemporánea, haya sido escogido para servir el cargo de Presidente de la República del primer gobierno democrático que sucedió a la dictadura, para gobernar y administrar el país conjuntamente con la Concertación e iniciar la delicada tarea de restaurar los valores materiales y morales que habían sido cruelmente pisoteados, y construir sobre la base del respeto a la dignidad de las personas y sus derechos inalienables, una nueva sociedad en que impere la paz, la justica y la libertad.
Al comenzar tu gobierno, quisiste dejar en claro los fundamentos humanistas cristianos que guiarían tu mandato. Recordando las palabras del maestro: “He venido a servir y no a ser servido”.
En tu discurso del 12 de Mayo de 1990 en el Estadio Nacional, ampliamente divulgado y conocido, dijiste: “Por mi parte asumo la honrosa y difícil responsabilidad que el pueblo de Chile me ha encomendado, con la firme voluntad de ser el primer servidor de Chile y los chilenos”. Y en seguida te preguntaste: “¿Qué pueden mis compatriotas esperar de mí?”. Y enumeraste una serie de valores propios del humanismo cristiano y laico: integridad y plena entrega, primacía del bien común, decir siempre la verdad, lealtad con los valores democráticos y el compromiso contraído. Y tú, cumpliste. Te entregaste a fondo para llevar adelante tu delicada misión, acompañado de un equipo de personas de gran profesionalismo y competencia. Nadie podría acusarte de haber roto tus compromisos personales y en la medida de lo posible tus propios compromisos en la tarea de gobernar.
Por eso, hemos venido con afecto y con respeto acompañarte hasta esta morada donde yacerá tu cuerpo.
¡Alegría!, ¡alegría!, porque honraste tu palabra y estás en la ciudad de Dios. ¡Alegría!, ¡Alegría! porque ya no hay más más misterios para ti. Ya lo sabes todo, ya conoces la verdad. Hasta pronto, amigo mío.

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