Mujer presuntamente abusada denuncia encubrimiento por parte de párroco de Ovalle

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A Nelly Aguilar Olivares le brillan los ojos cuando comienza con su relato, el mismo que entregó en el Arzobispado de La Serena, donde cuenta su verdad. Y donde pide que se haga justicia.

“Quiero hacer una denuncia por encubrimiento de parte del padre Osvaldo Briceño, hoy en Ovalle, por abuso deshonesto que viví hace unos años con el diácono Roque Avalos…”, cuenta Olivares, desconsolada aún por todo lo que ha tenido que pasar y por el tiempo que debió esconder su verdad, pues “me sentía confundida y sin saber qué hacer, ya que nadie me iba a creer si lo contaba, porque el diácono Roque era muy querido en la comunidad. Pero lo hago porque tengo testigos y pruebas que demuestran que ésta es mi verdad”.

En compañía de justamente una testigo, de su marido y de su hija, además de la Agrupación Juan XXIII, a eso de las 12 horas ingresó al Arzobispado para entregar el documento de once páginas con la evidencia que ha tenido que cargar como una mochila en su espalda, cuando “acá la víctima soy yo”, dice erguida, aunque con un cierto grado de tensión, mientras comenta que con el correr de varios meses esos temores que no sabía de dónde le venían se fueron haciendo cada vez más intensos, tanto que le recomendaron que consultara con algún psicólogo. Fue en ese proceso cuando comenzaron a aparecer las imágenes de lo ocurrido y decidió hablar.

“Es muy difícil tener que relatar y recordar todo mi sufrimiento que he vivido cerca de cinco años por personas que forman parte de la capilla, de la Iglesia”, revela Olivares, casada hace 32 años y madre de 3 hijos, luego de los abusos deshonestos que sufrió por parte del diácono Roque Avalos en la Capilla Asunción de María del Bosque San Carlos, en Coquimbo.
Agrega que “lo de esta denuncia pasó hace cinco años y ha sido todo muy doloroso no sólo para mí, sino que también para mi familia, porque siendo activa de la Iglesia uno entregó toda su confianza a las personas que lamentablemente estando adentro, uno idealiza, en este caso a un sacerdote y a un diácono, a quien le decía papá, así que todo ha sido muy doloroso y decepcionante. Esto que me pasó me lo guardé por la señora del diácono, a quien he querido mucho”.

Ya con lágrimas en sus ojos y la voz temblorosa, pero siempre en compañía de su familia y amiga, quien la consuela a cada momento, aclara que “el dolor me pasó la cuenta. Este abuso deshonesto sucedió tres veces. Yo era encargada de liturgia de una comunidad y ahí fue la primera vez, luego en una feria, que fue cuando se lo hice saber al párroco de este entonces, Osvaldo Briceño, que hoy está en Ovalle. Un cura a quien le entregué toda mi confianza, pero no la supo corresponder”.

La primera vez, menciona Olivares, Roque, aún revestido con su hábito al término de una liturgia, se acerca y me dice: ‘súbete el cierre que me tientas’. Mis hermanas de coro escucharon y todas quedamos descolocadas, especialmente yo, pues lo quería como un padre. Recuerdo que me fui a mi casa bloqueada, llorando y simulando delante de mi familia. No me atreví a contarles…”.

Nelly sostiene que lamentablemente esta situación fue en aumento. Porque a la semana siguiente “me saluda poniendo su mano en mi seno. La tercera vez fue un día domingo cuando me lo encontré en una feria donde me dice: hola hija, y metió su mano por detrás de mí entrepierna, por lo que enojada le reclamé: ¿por qué hace eso? Y él respondió como si nada hubiese pasado: ¡Sólo fue una palmada! Me sentí tan mal ese día que no me fui a mi casa, sino que a la de unos amigos catequistas a quienes les conté todo lo que me estaba pasando y ellos, gentiles, me dicen que lo encare, que lo enfrente. Y así lo hice. Pasó esa semana y un día viernes en la tarde, cuando terminó de hacer una celebración a los niños de catequesis, lo llamé a un lado y le pregunté por qué lo hacía, y me dijo: ‘ah, no me di cuenta, pero te pego palmadas igual que a mis hijas…'”.

Y así, porque ya no podía más, entonces decidió un día hablar con el padre Osvaldo. “Le pedí que lo conversáramos y me dijo: ‘Qué hizo Roque ahora’. Llorando le conté lo que me había sucedido y él, para evitar más inconvenientes, pienso, lo cambió a otra capilla. Pero pasó el tiempo, seguí trabajando para Dios, pero me sentía muy mal, pues la esposa del diácono me preguntaba por qué lo habían cambiado y yo sin poder decirle nada, lloraba… No conté antes por el amor que le tenía a su señora, porque éramos como una familia y muy unida”.

Tanta fue la pena e impotencia de Olivares, que decidió ir al psicólogo y con el tiempo se dio cuenta de que “lo del párroco fue un encubrimiento. Esta denuncia que hago es para liberarme de esta carga emocional y porque he ido cargando una mochila que no me corresponde. Quise callar esta pena, pero no puedo seguir cargando este peso. Ahora mi familia es la que más está sufriendo con todo esto, también la esposa del diácono, que cuando le contaron lo que me había pasado fue hasta mi casa y me pidió disculpas por todo lo que había hecho su marido, porque me conocía y sabía que yo no estaba mintiendo”, relata emocionada esta mujer, consolada por su hija y marido, sabiendo que su testimonio no puede quedar impune.

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