Habla el primer querellado contra Francisco José Cox Huneeus

coxPara la familia Godoy Ángel, profundamente católica, que el obispo de La Serena, querido y respetado por todos, les enviara cartas a su casa, era un privilegio. «Era motivo de orgullo recibir las cartas del arzobispo. ‘Te escribió Monseñor’, me decía mi madre», señala Hernán Godoy.
«Si las tuviera hoy… En ellas me decía que andaba fuera de la ciudad, que apenas llegara me iba a avisar para que volviéramos a ir al Arzobispado. Es que yo me había alejado por lo que había visto», relata Hernán, de 45 años, que el 9 de junio pasado interpuso una demanda por abuso en la fiscalía de La Serena en contra del arzobispo Francisco José Cox.
Es que lejos estaba su familia de imaginarse que la relación con el religioso lo iba a hundir en una pesadilla que duraría años.
Hernán, nacido y criado en La Serena, en el sector de Las Compañías, desde muy pequeño, guiado por su familia, comenzó a ir a la iglesia. Estudiaba en el colegio Darío Salas cuando por vez primera conoció a Francisco José Cox. Fue después de una misa que se hizo por el aniversario del establecimiento.

Un cura divertido…

«A los 12 años era acólito y conocí a muchos curas, entre ellos a Ricardo Ezzati, que venía de visita a los salesianos y realizaba misas en Las Compañías. Eran curas muy serios y diferentes a Cox. Con motivo del aniversario se hizo una misa y Cox la ofició y no el sacerdote de entonces -un francés muy amigo de Dubois y Jarlán, curas de la emblemática población La Victoria, en Santiago- que se sintió menospreciado y enojado porque no le avisaron», cuenta Godoy, instante en que rememora la primera vez que Cox lo besó en la boca. Sí, a él y a otros niños, cuando tenía 13 años.
«Se armó un alboroto en la misa, porque llegó jugando, a diferencia de los otros curas amargados que conocí… Cox era distinto: jugaba, pero tenía algo muy raro. Por ejemplo, nos pescaba los dedos de las manos y los doblaba hasta que gritábamos del dolor. Uno llegaba hasta arrodillarse, y Cox seguía haciéndolo. El motivo era jugar, es cierto, pero cuando uno se acercaba se le notaba su respiración acelerada. Con el tiempo uno se da cuenta que el dolor le causaba excitación. Pero nosotros jugábamos y hasta le pasábamos las manos», agregó.
Separado y con dos hijos, quienes lo han apoyado en todo, cuenta que después de aquella misa, «la más linda que había visto», Cox los invitó al Arzobispado. Todos partieron felices.
Se fueron caminando y encantados. Estaban maravillados con ese cura, muy amoroso que jugaba y los hacía reír. El que les daba plata para comprar dulces. Pero más embobados quedaron con la sorpresa que les tenía a su llegada: un banquete de película.
«Era una mesa de faraones, llena de cosas ricas para comer. En mi casa estábamos acostumbrados al pan con mantequilla (ríe), así que estábamos encandilados. Después de comer Cox siguió jugando, pero comenzó a darnos besos. Primero en la mejilla y luego en la boca. Con los días volvimos a ir y me acuerdo perfectamente cuando abrazó a uno de los niños y le dio un beso con lengua. Yo lo miraba, porque me tenía abrazado también. Después me tocó a mí recibir los besos. Para nosotros era normal, dado que era un pastor, la imagen de un cura bueno y a los 13 años, en esa época, uno no discernía tan bien. Nosotros no veíamos maldad, menos pensar en algo malo que nos podía hacer Cox. Y sí, no puedo negar que era raro».

«Yo soy Papelucho»

Sin embargo, el momento en que Hernán se dio cuenta que algo no andaba bien, fue días después. Era prácticamente normal que Cox fuera visitado por muchos niños, así que nadie comentaba nada. A nadie le sorprendía. Un día apareció Hernán en el Arzobispado junto a otros niños y como Cox estaba ocupado con un muchacho en la oficina, les dio plata para que se fueran a comprar dulces. Era harta plata, recuerda. Así que «nos fuimos a jugar flipper, pero como acostumbraba siempre a avisar donde iba, me devolví al Arzobispado y cuando entro a su oficina lo veo con un muchacho, a quien tenía sin polera. Cox estaba con la camisa abierta y estaban dándose besos. Se notaba que estaba muy acalorado y el niño estaba sentado en sus piernas, en su escritorio».
Tras ese episodio, Hernán se alejó del Arzobispado. O intentó hacerlo, pero Cox comenzó a enviarle cartas. Y como su familia era muy creyente, nuevamente volvió. Y fue peor.
«Porque Cox elegía a sus víctimas y para eso, les ponía un papel en el pecho que decía ‘esclavo’. Y decía: ‘voy a atender al esclavo’. Y se encerraba con el niño. Cuando regresé en esa oportunidad no lo hice solo. Estaba acompañado de algunos amigos y jugando estábamos dentro del Arzobispado, cuando Cox aparece y el papel que dice ‘esclavo’ me lo pega en el pecho, en el lado izquierdo. No sabía lo que quería decir. Con el tiempo sí. Te das cuentas que él, con ese papel, elegía a sus víctimas».
Y así fue. Cox lo quería a él. Saludó a los niños, siempre con un beso y una palmada y les dijo que se fueran a jugar. Miró a Hernán y le dijo: ‘Va a pasar este esclavo a conversar un rato conmigo. Y lo voy a atender’.
«Así entré a su oficina, donde me daba vueltas sin saber qué hacer. Veo la colección que tenía de Papelucho y saco un libro. Cox se sienta, se abre el cierre del pantalón y dice que Marcela Paz, su tía, se inspiró en él para escribir las historias de Papelucho. ‘Yo soy Papelucho’, me revela. A los segundos me dice: ‘Te querías arrancar, imbécil’. Posteriormente me agarra de las orejas y comienza a darme besos con lengua. Noté que Cox había perdido el control. No había visto, ni en las películas, escenas tan eróticas como esa vez, donde Cox daba los besos con agresividad… Cox estaba transpirando, temblaba y con una excitación que no daba más. Yo sentía su pene parado y cuando traté de moverme, pongo la mano en su pantalón y lo tenía mojado…Fue una sensación extraña. Desde ese momento sentí miedo y sólo atiné a decirle que estaban golpeando para poder arrancar. Me paré, él se arregló, se hizo el pavo, abrí la puerta y salí corriendo para no regresar nunca más. Corrí desde el Arzobispado hasta mi casa sin parar. Tenía pena, desilusión».
Esta vez Hernán se alejó de Cox, del Arzobispado, pero no de la iglesia. Eran dos cosas distintas. No podía culpar a todo el mundo por culpa de personas como Cox.
Ya con 17 años, y en los salesianos, nuevamente se topó con el religioso.
«Fue el año que vino el Papa Juan Pablo II. Estaba aún en el colegio, había confirmaciones y llega Cox. Y me vio, se fue por detrás del resto de las personas, me piñizcó y al oído me dijo: ‘acá estás, imbécil, mal agradecido’. Pero a esa altura lo encaraba. Le tenía miedo, pero ya no me quedaba callado. Le respondí: ‘cállate, maricón’.
Sabiendo que hoy tiene el apoyo de mucha gente, Hernán afirma que «tras estampar la denuncia me llamó la psicóloga y me dijo que yo estaba mal, que necesitaba apoyo psicológico y que me lo brindarán. Creo que aprendí a vivir con esto, aunque siempre está esa impotencia, que creo que de a poco me la iré sacando. Sé que a Cox no lo traerán desde Alemania. Pero esto lo hago para que no vuelva a suceder. Que a ningún niño le pase la mierda que me pasó a mí. No quiero que ningún otro niño más sufra».

Su denuncia en el año 2002

Hernán tenía 21 años. Ya había pasado el tiempo. Lo peor. No había visto a Cox. Dejó la iglesia. Volvió cuando se casó a los 23. De ahí nunca más. Ningún sacramento para sus hijos, sólo el bautizo. Nada que estuviera ligado a la iglesia. «Hoy no creo en nada», sostiene.
Un día, una tía, le avisó que estaban hablando de Cox. Así lo llamaron a su trabajo, al día siguiente. Era Televisión Nacional. Querían que contara lo que había pasado. Y él lo hizo. Pero el contexto era diferente. La mentalidad de la gente igual. Quedó como el malo de la película. «Me hicieron mucho daño», señala.
Tras eso, la Conferencia Episcopal entregó una declaración donde se hacía cargo de las denuncias contra uno de los obispos más conocidos y poderosos del país. En el texto, titulado ‘Horas dolorosas llaman a la conversión’, la Iglesia aclara: «No podemos ni queremos justificar conductas impropias en obispos ni sacerdotes. Nos duelen profundamente. A todos los que han sido dañados por ellas les pedimos perdón». El comunicado cita una frase que el propio Cox dijo en La Serena: «Pido perdón por ese lado oscuro que hay en mí y que se opone al Evangelio».
De ahí, a Cox lo enviaron a Colombia y posteriormente a Alemania, a un monasterio, donde se encuentra con demencia senil. «No sé si fue por lo que conté, pero en parte se debió a los testimonios. No se pudo frenar más. Todos se dieron cuenta», subraya.

«No busqué justicia», cuenta hoy,
32 años después de lo sucedido.

Después sus declaraciones a la prensa, Monseñor Donoso preguntó que sí había testimonios, que los entregaran. Y Hernán lo hizo. Recuerda aquella conversación en el Arzobispado: ‘¿Qué quieres que hagamos, Hernán’?, me dijo Monseñor Donoso, hoy emérito. ‘Quiero paz’, le respondí. No quiero hablar más, quiero quedarme callado. Porque había sufrido amenaza». Y calló hasta ahora.
El 9 de junio puso la denuncia en la fiscalía contra José Francisco Cox. Y aunque el caso puede que quede prescrito, Godoy asegura que lo hizo para «cerrar un ciclo en mi vida. Dejar todo en el pasado. Parte de mi sanación la veo por esa parte, de que hice algo. Es la primera denuncia que se hace contra un obispo en el país. A Barros lo acusan de encubridor; a Cox de abusador, esa es la diferencia. Hice la denuncia y tras mi testimonio, la fiscalía lo dejó como ‘abuso sexual con contacto corporal’».
Reunión con Arzobispo Rebolledo

Hace pocos días Hernán tuvo una reunión con Monseñor Rebolledo. «Conversamos. Le hablé de una fe derrotada. Que los detestaba. ‘A ustedes los detesto’, le dije. Y Monseñor me pidió perdón. Pero le dije que él no tenía nada que ver. Sin embargo, cuando volví a entrar al Arzobispado me acordé de todo. No fue como en el 2002, que ingresé con toda la presión de la prensa a hablar con Manuel Donoso. Esta vez fue diferente. Estaba en la misma oficina de Cox, pero que hoy es como una sala de reunión. Me acordé de todo. De cuando Cox jugaba con nosotros, cuando nos tirábamos en el pasamano y él, como era grande se ponía de rodillas y nos recibía. Fue fuerte. Se me vinieron muchas cosas a la mente…», relata.

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