Por Joaquín López Barraza
Recién asumido como presidente regional de la Juventud UDI en Coquimbo, Carlos Antonio Araya Guerra reconoce que recibió una estructura reducida y con poca gente activa. No intenta negarlo. Al contrario, lo instala como el punto de partida de su gestión. «Me tocó llegar a una juventud en la que quedaban pocas personas y con eso yo intento ir sumando más», afirma.
La frase llega después de las críticas del exdirigente juvenil Gonzalo Pinochet, quien en entrevista con este medio sostuvo que la Juventud UDI en la región «está botada» y que la orgánica «murió de abandono». Araya evita transformar esa crítica en una pelea personal, pero sí admite que la estructura venía debilitada y que parte de ese vaciamiento responde a que varios jóvenes del sector se fueron quedando en otros espacios o dejaron de participar.
Desde ahí intenta marcar una diferencia de estilo. «Yo soy generalmente un político atípico, no soy como el típico UDI convencional», dice. Y luego remata con la idea que quiere instalar en esta etapa: «Yo quiero darle un refresh a la política».
Esa definición no apunta solo a la forma. Araya cree que la UDI ha perdido llegada con sectores juveniles donde hoy la derecha casi no tiene presencia, especialmente en secundarios y universitarios. «Hoy en día hay jóvenes, especialmente en las universidades o los secundarios, que son muy difíciles de llegar, que toman a la UDI como momios», plantea. Su apuesta es que la tienda deje de verse como algo ajeno o encapsulado. «Que la UDI sea para todos, porque por eso se llama UDI popular», sostiene.
Consultado por el legado de Jaime Guzmán, Araya dice que hay principios que la UDI joven seguirá defendiendo, como la subsidiariedad. Pero al momento de bajar esa discusión al presente, su prioridad está en otra parte. «Antes de lo valórico, yo priorizo lo más urgente», responde. Y para explicar esa mirada pone un ejemplo directo: «Centrarse en la corbata siento que es ocupar un poco del tiempo que se puede ocupar en cosas más importantes y urgentes».
Ahí aparece una de las definiciones más claras de su perfil: mantener ciertos pilares doctrinarios, pero sin convertir las disputas valóricas en el centro de la agenda juvenil. Su planteamiento es que una juventud política no puede crecer hablando solo de símbolos si quiere llegar a jóvenes que hoy están preocupados por empleo, estudio o inserción laboral.
Por eso, sus metas para los próximos meses tienen un tono más organizativo que testimonial. Habla de charlas de formación, de volver a los colegios, de llegar a secundarios y de darle a la orgánica una agenda más concreta.































