Construida en pleno auge del campamento minero, trasladada a Las Compañías tras el cierre del yacimiento y cargada de simbolismo para generaciones de trabajadores, la capilla Santa Ana fue durante casi un siglo un testimonio vivo de la historia minera y comunitaria del norte chico.

Por Joaquín López Barraza

Mucho antes de instalarse en el sector Las Compañías, la capilla Santa Ana fue parte del corazón espiritual del campamento minero de El Tofo, uno de los asentamientos industriales más importantes del norte chico durante el siglo XX. Su destrucción por un incendio no solo implica la pérdida de una estructura religiosa, sino también de un fragmento clave de la historia social, minera y comunitaria de la región.
El Tofo, ubicado a más de 780 metros sobre el nivel del mar, funcionó como mineral de hierro entre 1870 y 1974. En su época de mayor auge llegó a albergar a cerca de cinco mil personas, con hospital, escuela, cine, teatro, clubes sociales y una vida comunitaria intensa, organizada en torno al trabajo minero.

Una iglesia nacida en pleno auge minero

La capilla Santa Ana fue construida hacia 1926 por iniciativa de Ana Quackenbush, esposa de uno de los primeros gerentes de la Bethlehem Chile Iron Mines Company, empresa estadounidense que administró el yacimiento desde 1913. En homenaje a ella, la comunidad bautizó el templo con su nombre.
«El origen de la iglesia está directamente ligado al mundo minero y a la vida cotidiana del campamento», explica el historiador público Javier Rojas, especialista en la historia de El Tofo. «Era una iglesia de estilo semi gótico en su interior, con columnas y arcos, construida en pino oregón que llegaba como lastre en los barcos que transportaban el mineral desde Caleta Cruz Grande hacia Estados Unidos».
Las imágenes religiosas —Santa Ana y la Virgen— también fueron traídas desde el extranjero, mientras que la construcción fue realizada por los propios carpinteros del campamento, que contaban con talleres especializados.

El último rito y el fin de un pueblo

La capilla fue escenario de uno de los momentos más simbólicos en la historia del mineral. El 8 de diciembre de 1974, tras la nacionalización del yacimiento durante el gobierno de Salvador Allende y su posterior cierre definitivo por decisión de la Compañía Minera del Pacífico (CMP), se celebró la última misa en El Tofo.
«Con esa misa se cerró oficialmente el campamento. Ese mismo día emigró la última familia», recuerda Rojas. Poco después comenzó el desarme del poblado, en un contexto político complejo y sin una noción clara de protección patrimonial.

El traslado a Las Compañías

Para evitar que la iglesia quedara abandonada o fuera destruida —como ocurrió con otros edificios del campamento— se decidió trasladarla a la zona norte de La Serena. El templo fue desarmado en paneles y llevado hasta Las Compañías en una especie de minga, siendo reconstruido en terrenos que entonces pertenecían a una escuela religiosa.
Sin embargo, con el paso del tiempo la capilla fue perdiendo protagonismo. Ya no volvió a ser el centro espiritual de la comunidad tofina, que terminó levantando un nuevo templo en la población El Tofo, donde se mantuvieron las tradiciones religiosas, los bailes chinos y los ritos comunitarios heredados del campamento minero.

Un símbolo que resistió casi un siglo

Pese a su progresivo abandono, la capilla Santa Ana permaneció en pie durante décadas como un testimonio material del pasado minero de la región. En 2015, incluso, se levantó en El Tofo una estructura que replica su fachada, a modo de monumento.
El incendio que la consumió por completo pone fin a esa larga travesía. «Es la pérdida de un símbolo que conecta la minería, la fe y la vida comunitaria de toda una generación», resume Rojas.
Hoy, lo que queda es la memoria de una iglesia que nació en lo alto de un cerro minero, fue desmontada pieza por pieza para sobrevivir, y que tras casi cien años de historia terminó desapareciendo entre las llamas.

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