Edil analiza el éxito del modelo de desalación en su comuna y derriba los mitos medioambientales que rodean a esta tecnología, en momentos en que la Región de Coquimbo da sus primeros pasos para asegurar el suministro a través del agua de mar.

Por René Martínez Rojas

Mientras la Región de Coquimbo comienza a trazar la ruta para su primera planta desaladora pública —un proyecto clave para enfrentar la sequía estructural—, la experiencia de Antofagasta aparece como el espejo donde mirarse.
Con una capacidad instalada de 4.000 litros por segundo entre la planta sanitaria y la de Minera Escondida, la ciudad nortina ha logrado lo que hace dos décadas parecía un sueño: dejar de mirar al cielo y empezar a depender del mar.
En conversación con Diario La Región, el alcalde de Antofagasta Sacha Razmilic, quien visitó la zona en el encuentro de la asociación chilena de alcaldes, desglosa las lecciones aprendidas y los mitos que Coquimbo debe derribar para que el proceso sea exitoso tanto técnica como socialmente.
Y aclara que «la tecnología respecto de la desalación y principalmente la preocupación de la comunidad respecto del retorno de la salmuera al mar y su impacto, ha avanzado mucho y hoy el impacto es nulo. Cada vez hay mejores diseños para los difusores en tramos más largos y a diferentes profundidades, por lo tanto, el impacto es cero.

El fin de la «angustia hídrica»

Para Razmilic, el cambio más profundo no fue solo el flujo de agua en las cañerías, sino el impacto psicológico en la población.
«Saber que uno mira al mar y esa es ahora nuestra fuente, nos sacó un gran peso de encima. Hace 20 años sentías que esta era una ciudad ‘con sed’. Veías la cañería que venía de Calama y sentías que ese tubito abastecía a una ciudad completa; casi no querías que llegara más gente porque teníamos que compartir el agua», relata.
Esa seguridad ha permitido a Antofagasta proyectar una «ciudad verde», con riego de parques y piscinas públicas, algo impensable cuando el agua dependía exclusivamente de fuentes continentales.

El retorno de la salmuera

Uno de los puntos de mayor fricción en la Región de Coquimbo ha sido el temor de las comunidades pesqueras por el retorno de la salmuera al mar. Al respecto, el alcalde es categórico: hoy el impacto es nulo.
«Hoy Antofagasta tiene plantas instaladas en las inmediaciones de dos caletas, Coloso y La Chimba, y no hay afectación alguna; hay pesca artesanal en ambas y la relación con los pescadores es óptima», afirma. Y la clave, explica, reside en el diseño de los difusores en tramos largos y a diferentes profundidades, lo que permite que la sal se disuelva de forma natural e inmediata en el medio marino.

La vulnerabilidad energética

Sin embargo, no todo ha sido sencillo. Razmilic advierte sobre un error de diseño que Coquimbo no puede permitirse: la dependencia eléctrica. En 2024, un accidente en una línea de energía dejó a Antofagasta cuatro días sin suministro de agua, «cuando en el resto del país no había pasado nada», recuerda.
Entonces, explica que la desalación requiere energía y la planta tiene que estar muy bien respaldada.
«Lo ocurrido llevó a tomar varias medidas de respaldo por parte de la empresa sanitaria: hoy tienen más de una línea de abastecimiento, un pack de baterías y equipos electrógenos para evitar esa situación».
El modelo que propone el jefe comunal va más allá de la obtención de agua dulce, toda vez que Antofagasta avanza hacia el cese total de descargas de riles al mar en tres años, apostando por el reúso de aguas servidas y la transformación de lodos en fertilizantes para la agricultura del desierto.

Para Coquimbo, este modelo podría ser la salvación de los valles interiores. Según Razmilic, al abastecer a las ciudades costeras con agua de mar, se libera el agua continental para fines agrícolas.