Por Joaquín López Barraza

El reciente sistema frontal que dejó más de 300 milímetros de agua en la zona revivió un debate de fondo sobre cómo se habita el territorio. Las inundaciones y la reaparición de flujos en sectores como el entorno del Cerro Grande, la avenida Guillermo Ulriksen y calle Rodolfo Wagenknecht dieron cuenta de que la naturaleza tiende a recuperar los espacios por donde históricamente corrió el agua.
En conversación con Diario La Región, Julio Maureira, profesor de Ciencias Naturales e integrante de la Red de Guardianes de la Quebrada Peñuelas, planteó una reflexión sobre la forma en que la ciudad se ha ido expandiendo hacia los entornos naturales sin considerar su comportamiento a largo plazo.
«Nosotros nos preocupamos siempre de nuestra casa y de nuestro habitar particular, pero al final vivimos en comunidad y lo que uno hace afecta al resto. Es lo mismo que pasa con la naturaleza cuando no la integramos ni la reconocemos como lo que es: corredores biológicos y zonas donde siempre ha corrido el agua. Nos olvidamos de la memoria que tiene el agua y la borramos del mapa porque llevábamos años sin precipitaciones fuertes», explicó Maureira.

Efectos en terreno y la fuerza del cauce

Tras el paso del temporal, integrantes de la organización constataron en terreno cómo la acumulación de precipitaciones reactivó el flujo en la Quebrada Peñuelas y en los brazos que bajan desde otros sectores.
A juicio del docente, los daños observados en infraestructuras y panderetas responden a que se construyó sobre terrenos que forman parte de la cuenca natural.
«El agua tomó su cauce y tomó lo que le pertenece. Vimos cómo el flujo pasó por encima de arterias como Cuatro Esquinas, afectó sectores cercanos a colegios e inundó viviendas. Esto no ocurre por culpa de la naturaleza; la naturaleza simplemente hace lo suyo y lo que siempre ha hecho. El problema es que se construyó en lugares por donde sabíamos que fluía el agua, pensando que como no llovía, ya no iba a volver a pasar», sostuvo.