El oleaje destapó una estructura de escoria de fundición a pocos metros de la playa de La Serena. Para Luis Pizarro, sería una base para artillería enterrada por décadas que hoy aflora con el alza del nivel del mar y cambios en las corrientes.

Por Joaquín López Barraza

En los arenales contiguos a El Faro Monumental, las marejadas recientes dejaron al descubierto una estructura compacta de bloques. El arqueólogo Luis Pizarro ofrece una primera lectura técnica a partir de registros e imágenes: lo emergido sería parte de una obra antigua que permaneció cubierta durante décadas y que hoy asoma por el empuje sostenido del mar. «Es un signo del cambio climático. Si no se había visto antes es porque el mar no llegaba ahí; ahora está llegando y seguirá subiendo», plantea.

La ubicación histórica del borde costero es clave para entender su función. Pizarro explica que, en su momento, ese tipo de construcciones no se levantaba al ras de la pleamar.

Estaban sobre arena firme a cientos de metros del mar de entonces, lo que obligaba a ampliar la base para soportar peso. Por su forma y el terreno, estima que pudo operar como plataforma para montar piezas pesadas, del tipo artillería, con un diseño pensado para dar estabilidad en sustrato suelto.

El material orienta la datación. El especialista identifica escoria de fundición, es decir, residuos metalúrgicos aglomerados en grandes bloques. Ese dato lo sitúa en el siglo XIX, cuando la actividad de la fundición de Carlos Lambert dejó abundantes escoriales en la zona y ya era posible obtener piezas del tamaño que hoy se observa. Con esa lectura, ubica el vestigio en un momento posterior de industrialización regional. Recalca, de todos modos, que corresponde a estudios posteriores confirmar con precisión cronología y uso.

El hallazgo no solo ilumina un tramo poco visible de la historia local. También expone la vulnerabilidad del borde costero frente al alza del nivel del mar y a variaciones de corrientes y mareas. Si la tendencia continúa, advierte Pizarro, el agua comenzará a rozar las bases de edificaciones próximas a la Avenida del Mar. Por eso pide cautela inmediata: acordonar el perímetro, evitar tránsito y manipulación, y documentar con método cada nueva exposición que dejen los temporales, con fotografías a escala, georreferenciación y descripción técnica antes de cualquier retiro de material.

A su juicio, ese contexto amerita coordinación con las autoridades patrimoniales para definir protocolos de investigación y conservación que permitan levantar información sin dañar lo que aflora.

Más allá del debate técnico, el arqueólogo propone una hoja de ruta clara. Primero, resguardo físico sencillo pero efectivo, con señalización que disuada el ingreso. Luego, un informe preliminar que registre capas, disposición de bloques y morfología, y que sirva de base para estudios más finos de datación y función. Finalmente, vigilancia continua tras cada evento de marejadas, porque el mismo mar que revela también puede cubrir o fragmentar. «Hay que estudiarlo y protegerlo. Lo que aparece hoy puede perderse mañana si no actuamos con cuidado», concluye.

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