Sin agua, sin internet, con frío por las noches, la vida en un campamento…

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Con la pandemia del coronavirus todo ha sido más complicado para estas familias de la Varilla 4, en Las Compañías, debido a la falta de trabajo. Se las ingenian para juntar víveres y hacer una olla común. Pero se lamentan: «Por todos lados nosotros hemos perdido».

Como Luchín, el niño que jugaba con la pelota de trapo, hay muchos. En Santiago y acá en La Serena, en el campamento La Varilla 4, cercano al cementerio viejo de Las Compañías.
Los niños se divierten en algunos columpios. Otros corren, juegan a la pelota, también con el gato y con el perro. En ese inmenso terreno habitan más de 300 familias, asentadas en los campamentos «Desierto Florido», «Lomas Esperanza» y «Lugares que hablan».

En ese lugar conviven, ríen y lloran. Entre ellas Tamara (30), Sandra (27) e Ingrid (31).

Todas madres y esposas. Todas con diferentes historias, pero con un mismo sentir. Sus parejas hoy tienen trabajos esporádicos. Viven aisladas en sus casas y sin conexión con el mundo, debido a la falta del internet y el cable. Pero se las aguantan. No tienen el Océano Pacífico como fondo, pero si la hospitalidad del vecino de «al lado».
«Sólo vemos las noticias nacionales», sonríe Ingrid, madre de cuatro hijos, que sí se aburren durante el día, especialmente los mayores, «ya que aún tengo una pequeña de dos años».

Recarga en el celular

Y lo peor, dice, es que no pueden interactuar con sus compañeros de colegio en las llamadas ‘clases virtuales’ impulsadas por el Gobierno.

«Tres de mis hijos estudian, la mayor va en segundo medio, y de verdad que se le hace complicado, porque la mayoría de las materias son a través de videos y no puede hacerlo por el tema del internet. Claro, uno recarga el teléfono y el internet dura para ver un video, cuando en realidad son muchas las materias y tampoco podemos estar recargando todo el tiempo el celular…».

En el día todo se les hace más complicado, porque sus hijos se aburren encerrados, juegan prácticamente en la tierra, «y uno no los puede tener mucho rato dentro de la casa», agrega.

A su lado, Sandra asiente con su cabeza. «Es complicado vivir en un campamento y más con esta pandemia», cuenta. Y claro, «pues te exigen lavarte las manos cada cinco minutos y escasea el agua. Gracias a Dios no tenemos ningún contagiado acá arriba, porque nos hemos cuidado, pero los niños son los que más sufren. La señal no llega, no hay internet ni cable. Los niños en su mayoría no hacen clases virtuales, y si no nos entregan las guías en los colegios, no podemos hacer nada. Estamos aislados», se lamenta.

Tamara tiene 27 años y es madre de siete niños. Se queja, al igual que los demás, de la falta de víveres para poder aguantar la pandemia.

«En todo este tiempo, en casi once años, ninguna promesa cumplida. Y nos hace falta agua y víveres para muchas familias que quedaron sin trabajo, pañales para los niños…».
Pese a las carencias, sostiene que se cuidan mucho. Y que por eso no tienen gente infectada con el virus.

«Hasta el momento nos hemos cuidado bastante y la gente, como está sin trabajo, prefiere quedarse en sus casas. Lo que estamos haciendo son ollas comunes, todo higiénico, con bandejas para que se lleven la comida a sus casas. Comenzamos hace tres semanas a hacerlas, puesto que es la única manera de que muchas personas tengan para comer».

Sólo pololitos…

Sin duda que la falta de agua hoy los complica. Y si bien es cierto que hace una semanas llegó personal municipal al «Desierto Florido» y a «Lugares que Hablan» para dejar 10 mil litros, reclama Tamara que «ahora no han venido a recargar, entonces estamos en la misma».

Lleva tres años en el campamento y su pareja trabaja, «pero haciendo pololitos, y por eso advierte que «ha sido complicado, porque falta agua, hay muchos niños y se pasa mucho frío. Todos los días en las noches es mucho el frío y los niños tienen que dormir entre tres en una camita para poder abrigarse. Acá la mayoría se cuida, tiene sus mascarillas, pero no es mucho lo que se puede hacer por el agua, porque hay que lavarse las manos a cada rato».

La ayuda es poca, casi nada. «Vienen solamente cuando necesitan el voto, pero después desaparecen. Prometen cosas y luego no cumplen», aclara.

En esa explanada existe un solo campamento con diferentes nombres, con cerca de 600 personas, «porque cada vez está llegando más gente, y por eso, por la falta de trabajo, la olla común la hacemos para todo aquel que quiera venir. A través de publicaciones en Facebook pedimos colaboraciones, y gracias a Dios nos ha llegado un poco de ayuda», dice Sandra, con un año en ese lugar, al que llegó «por necesidad».

Sí, afirma Tamara, pues «todos llegamos por necesidad, porque en otros lugares el arriendo es muy caro y no nos alcanzaba, y por la necesidad nos vinimos para este lugar. La calle es de tierra, cuando llueve es un barrial. Algunas casas no tienen bien cerrado el techo, se llueven y nos entra el frío por todos lados…».

Ingrid no trabaja, pero sí su pareja. Y por el efecto del coronavirus «no saca mucho sueldo para poder abastecernos», revela.

Recarga un estanque de mil litros de agua tres veces a la semana «que son 12 mil pesos y si sacas la cuenta por cuatro semanas, entonces es bastante plata. Y muchas personas tienen que hacerlo así. ¿Sabe? Acá la cesantía es mucha. Algunos se dan vuelta pidiendo trabajo de ayudantes en la feria, otros vendían en las micros, y ni eso lo pueden hacer ahora porque anda poca locomoción. Así que por todos lados nosotros hemos perdido…».

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