Agresiones, celos y amenazas: Las fuertes denuncias en contra de Leo Valencia.

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A meses del retorno de Leonardo Valencia al fútbol chileno, su ex pareja Valeria Pérez estampó una dolorosa denuncia: durante casi diez años fue agredida física y psicológicamente por el seleccionado nacional y delantero de Colo Colo. La acción judicial no fue la primera, anteriormente presentó otras cuatro por violencia intrafamiliar, pese a ello, poco se sabía de estos hechos, hasta que decidió publicar parte de las acusaciones en sus redes sociales. En conversación con El Desconcierto, Valeria entrega un testimonio estremecedor que incluye amenazas con bandas de narcotraficantes, protección al jugador por parte de sus representantes y aborda un tema tabú por el que atravesarían varias esposas de futbolistas. “Todo el mundo cree que casarse con un futbolista es como ganarse el Loto, pero no es así”, dice.

–En esta casa no alcanzamos a vivir dos meses– cuenta Valeria Pérez, sentada en la cocina de su vivienda a medio construir, ubicada en una parcela de un exclusivo condominio en Calera de Tango.

En el antejardín hay herramientas esparcidas, un container y una pila de sacos de cemento. El equipo de maestros que terminaría el hogar de ensueño de Leonardo Valencia dejó de asistir en abril, poco tiempo después que el futbolista de Colo Colo y seleccionado nacional abandonara su hogar, dejando de lado el plan original de construcción: una segunda casa con gimnasio, salón de pool, un quincho y dos canchas; una de fútbol y otra de futvoley.

Las cuentas del inmueble -que se pagan en comunidad- no han sido canceladas desde entonces. Valeria asegura que debe cerca de $5 Millones, deuda que habría sido cubierta por el comité del condominio hasta que resuelva su situación contractual. Ella asegura que desde que Leo se fue de la casa, no recibe ingreso alguno de parte de uno de los jugadores mejor pagados del fútbol chileno. Ya han pasado un poco más de tres meses y todavía se acuerda de la última vez que estuvo en la casa. No son buenos recuerdos.

–Leo estaba tratando mal a mi hijo (9). Los dos estaban entrenando y el niño le estaba pegando a la pelota con la pierna derecha. El Leo quería que le pegara con la izquierda y mi hijo le decía que no podía, que era su pierna mala– cuenta la mujer de 26 años.

Valeria recuerda que Leo explotó y que trató a su hijo de mediocre. Entonces ella bajó del segundo piso y lo encaró. Él le habría respondido: “qué te meti vo fea culia, ándate para arriba”. Estaban todos los maestros afuera, recuerda. A Valencia no le importó y, según ella, continuó gritándole: “ándate para dentro maraca.Yo tengo que criar a mi cabro chico como yo quiera”.

Al cabo de un rato, el futbolista metió algo de ropa en un bolso. Antes de marcharse Valeria le advirtió que si se iba, mejor que no volviera nunca más. Fue el último episodio de violencia que vivió con el padre de sus tres hijos. El último de una larga lista durante 10 años. Ya no estaba dispuesta a tolerar ni uno más.

***

Cuando Valeria  era una quinceañera, solía ver a Leonardo junto a sus amigos en las fiestas que organizaba una conocida discoteca en Peñaflor.  “Siempre nos veíamos, pero nunca hablábamos”, recuerda mientras enciende un cigarrillo.

Peñaflor era una ciudad pequeña -todavía lo es- y todo el mundo se conocía. Poco tiempo después ambos coincidieron en otra fiesta. “Yo andaba con una prima, nos teníamos que ir y él se ofreció a irnos a dejar. Fuimos caminando. Él tenía 19 y yo 16”, recuerda Valeria.

Por esos años Valencia estaba alejado del fútbol. Había sido cadete en Universidad de Chile y había jugado a préstamo de Deportes Melipilla. Con un inicio de carrera incierto, terminó trabajando en la ferretería Franitasol de Peñaflor. Según comenta Rosa Valencia, pariente de Leonardo, trabajó durante seis meses hasta que lo volvieron a llamar de un club.

– Lo conocí justo en ese tiempo, en su peor momento futbolístico–, asegura Valeria.

Leonardo siempre la iba a dejar a su casa, conversaban y se reían harto. Como ella era menor de edad, se veían a escondidas en un paradero. Su familia terminó por aceptar la relación y al poco tiempo lo volvieron a llamar de la Universidad de Chile, le ofrecieron contrato y le pidió a Valeria que vivieran juntos.

– Él habló con la Tere, mi abuela. En ese momento yo iba al colegio y él me dijo que dejara de ir, que él me iba a dar de todo. Yo era niña, así que le dije chao al colegio – recuerda.

La pareja vivió en la casa de una hermana de Valencia. Valeria recuerda que lo primero que él compró fue una cama de dos plazas y que al cuarto mes de convivencia quedó embarazada. Luego se fueron a vivir donde la mamá del jugador, pero Valeria se sintió incómoda y decidieron trasladarse a la casa de la madre de ella en Talagante.

En la semana Leo se levantaba temprano y partía en micro a los entrenamientos con la Universidad de Chile. Apenas regresaba, le pedía a Valeria que le contara lo que había hecho en el día. Fueron los primeros atisbos de una brutal celopatía y el comienzo de las agresiones en contra de su pareja.

La primera vez que le levantó la mano, recuerda Valeria, fue después de ir al supermercado con su hermano menor. Cuando regresó, él la estaba esperando afuera de la casa y la increpó duramente porque, supuestamente, ella andaba mirando a otros hombres. A continuación, “me pegó y me metió para la casa”. “Qué te crees que no me avisas”, le recriminaría él después.

– Mi hermano que era chiquitito, se asustó, salió corriendo y se escondió en la pieza. Adentro le dije al Leo: “oye me pegaste y estoy embarazada”– recuerda.

Valeria presentó su primera denuncia en contra el padre de su hijo el 18 de julio del 2011 en la comisaría de Talagante. Asegura que un carabinero le aconsejó que no hiciera nada, que esas cosas pasaban y que hasta llegó a creer que su pareja tenía poder sobre ella. Valencia finalmente se fue de la casa y comenzó a jugar en Unión La Calera. Lentamente fueron retomando la relación. Él le llevaba frutas y leche y comenzó a insistirle que volvieran a estar juntos.

-Me decía que era lo mejor para el niño y que me amaba. Me acuerdo que viajaba todos los días a las 5 de la mañana. Cuando mi hijo nació empezó a presionar a la gente del club para que le pusieran una casa y eso hicieron.

Valeria llegó a La Calera con su primer hijo recién nacido. Quería comenzar de nuevo y olvidar los malos ratos que vivió durante el comienzo de su relación. La tregua duró apenas un par de  semanas.

***

Enclaustrada. Así se sentía Valeria en su nueva casa, ubicada en calle Lautaro, en pleno centro de La Calera. Allí pasaba gran parte del día, sin siquiera poder salir a comprar.  “No me dejaba, siempre tenía que ir con él y para no tener atados le decía que bueno”, cuenta.

– Siempre tuve miedo a que se fuera a enojar por algo. Vivía con el temor de molestarlo, me sentía culpable y en deuda con él. Pensaba, en mi ignorancia, que las señoras de futbolistas no salen. Mi vida social se limitaba a él y a ser mamá.

Valeria asegura que Leonardo no le permitía tener contacto con otras esposas de futbolistas, pese a que ellas en ocasiones la visitaban. Recuerda que llevaban vidas muy parecidas a la suya y que cuando Leo se enteró que conversaban, le prohibió juntarse con ellas. “Son todas maracas”, le habría dicho.

La situación familiar se hizo insostenible el viernes 16 de marzo del 2012, en la previa del partido entre Unión La Calera y Universidad Católica en Quillota. Como Valencia  debía concentrar con el equipo y se ausentaría de la casa durante el fin de semana, decidió dejar a Valeria encerrada con llave, luego de comprar mercadería suficiente para que no saliera de la casa.

–¿Cómo me vas a dejar encerrada?, imagínate si hay un temblor o un incendio cómo salgo. La casa está llena de protecciones– le respondió ella.

Valeria recuerda que empezó a gritar, hasta que un vecino saltó la pandereta para socorrerla. Era un carabinero. Luego de contarle lo que pasó, el policía corrió en busca de Valencia. Lo encontró en una esquina esperando un colectivo y le pidió las llaves de la casa, amenazándolo que si no lo hacía se lo llevaría detenido.

–El Leo abrió la puerta. Justo en eso llega Lucas Giovinni (otro jugador), habla con el carabinero y le dice vos sabes cómo están de locas las minas, por eso hay que dejarlas encerradas. El carabinero me defendió, le dijo que no había excusa. Ahí ellos pescaron sus cosas y se fueron– cuenta Valeria.

Consultado por este medio, el ex arquero de La Calera, Lucas Giovini, niega haber presenciado este hecho. “La verdad me da un poco de pena que me nombre a mí porque realmente no estoy al tanto de esa situación. Yo al Leo lo conozco desde esa época, estoy al tanto de los audios que ella ha subido, pero no sé mucho de su relación”, dice.

La noticia fue un escándalo en La Calera. Valencia pasó de las páginas deportivas a la primera plana de la crónica policial. “La pareja comenzó a tener una discusión, motivada por un problema de celos. Fue en ese instante que el futbolista le habría propinado un golpe en el rostro y, luego, en otras partes del cuerpo”, detalló la nota publicada en el Observador de Quillota.

Emiliano Astorga, técnico de Unión La Calera por esos años,  asegura que no recuerda el episodio: “Era muy cabro cuando llegó a La Calera (Valencia). Yo te prometo que no recuerdo esa situación”.

Quien sí recuerda el caso, es el ex Presidente de La Calera y dirigente del club en esa época, Sabino Jadue, tío del expresidente de la ANFP Sergio Jadue, quien admite no haber tomado ninguna medida. “Él siguió jugando sin ningún problema, el técnico nunca nos citó a los dirigentes por el problema. En esos años el Leo estaba recién empezando”, señala.

Efectivamente el club no tomó ninguna medida con respecto a Valencia. Dos días después de la agresión, en Quillota, Unión La Calera derrotó 1-0 a Universidad Católica. Leonardo Valencia ingresó en el minuto 72.

Valeria recuerda que tras el hecho, su abuela Teresita partió a buscarla a La Calera. “Me llamó la pareja de un carabinero, contándome que mi nieta estaba sufriendo mucho porque su pareja la había dejado encerrada. Yo partí al tiro(…) Después de eso la Valeria estuvo dos meses en mi casa. Estaba muy triste porque tenía a su niño pequeño, no salía a ningún lado. Él era muy celoso, no le gustaba que la miraran ni nada”, afirma.

Valeria recuerda que con el paso de los días Leonardo regresó a buscarla. “Me volvió a insistir para que volviera. Mi abuela sabía que lo quería harto porque era el papá de mi hijo y que tenía ganas de seguir una vida con él”, recuerda. “Yo veía que en el ambiente del fútbol las señoras duraban toda la vida con los hombres y yo quería ser una de ellas”, explica.

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