El calentamiento de las aguas frente a la Región de Coquimbo a causa del fenómeno de «El Niño Costero» encendió las alarmas rojas entre las comunidades acuícolas y la comunidad científica de la zona.

Por Joaquín López Barraza

El aumento sostenido en la temperatura del mar está generando un escenario de alta vulnerabilidad para cultivos emblemáticos como el ostión del norte, las ostras y el piure, poniendo en riesgo cosechas enteras en bahías históricas como Tongoy.

Según explica el biólogo marino e investigador del Programa de Acuicultura en Áreas de Manejo de la Universidad Católica del Norte (UCN), Héctor Basaure, el impacto del alza térmica sobre los organismos marinos opera a través de una trampa mortal de «doble efecto».

«El aumento de la temperatura acelera el metabolismo de los animales marinos y, al mismo tiempo, acelera la descomposición de la materia orgánica en la columna de agua, lo que disminuye el oxígeno disponible. El organismo enfrenta una encrucijada crítica: requiere respirar más porque su metabolismo está acelerado, pero dispone de mucho menos oxígeno en el ambiente», advierte el investigador.

Basaure enfatiza que cuando estos eventos de baja de oxígeno (hipoxia) se mantienen de forma prolongada en el tiempo —durante un mes o más—, «las pérdidas y la mortalidad a nivel de acuicultura pueden ser de gran escala».

El «bloqueo» de
las especies
filtradoras

Pero la crisis ambiental no solo proviene de la temperatura. Las recientes e intensas precipitaciones en la zona precordillerana y alta de la región arrastraron toneladas de sedimentos, detritos y materiales hacia la franja costera, generando un segundo foco de estrés para los cultivos.

«Especies como el piure, la ostra japonesa o el ostión son organismos filtradores. Cuando hay un gran aporte de sedimentos finos arrastrados por las lluvias desde la cuenca alta, se genera un bloqueo mecánico en sus sistemas de filtración, perjudicando directamente su capacidad para alimentarse», detalla el especialista de la UCN.

Marejadas y destrucción
de infraestructura millonaria

El tercer factor de este combo destructivo tiene que ver con la fuerza del mar. El incremento de la energía en el oleaje y las corrientes marinas asociadas a estos fenómenos meteorológicos está causando destrozos en los sistemas de cultivo suspendido.

«Las marejadas generan pérdidas severas de material: se cortan las linternas donde se cultivan los ostiones y se destruyen las boyas que dan flotabilidad a las líneas. Esto no solo significa la pérdida directa de los organismos que se caen al fondo del mar y se pierden, sino también una golpe económico tremendo por la destrucción de insumos y equipos acuícolas cuyos costos en el mercado son sumamente elevados», concluye Basaure.