“Es para volverse loco”: Lisbet Pineida, la windsurfista que echó raíces en el Puclaro y abrió una escuela en Gualliguaica

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Llegó desde Santiago siguiendo el viento y hoy enseña windsurf todo el año en el Embalse Puclaro, en la comuna de Vicuña. Dueña de La Tabla Escuela de Windsurf, Lisbet Pinieda asegura que el inicio es más amigable de lo que parece: en cinco a diez clases un alumno puede quedar autónomo. También pone énfasis en abrir el deporte a mujeres, niños y curiosos que aún miran “las velas” desde la carretera sin atreverse a bajar.

Por Joaquín López Barraza

A veces uno pasa rumbo a Vicuña, mira el embalse de reojo y ve esas “velas” pequeñas moviéndose sobre el agua. Si nadie te lo ha explicado, es fácil confundirlas con mini veleros. Pero no: lo que se ve en el Puclaro es windsurf, un deporte que mezcla tabla y vela y que se mueve con el viento, sin depender de olas. En simple, es aprender a deslizarse sobre el agua y controlar dirección y velocidad con el cuerpo y la vela.

Lisbet Pineida lo resume con una frase que repite como si todavía le costara creerlo: “es para volverse loco”. A los 50 años, instalada en Gualliguaica y con una escuela a orillas del Embalse Puclaro, habla del windsurf como algo más que un pasatiempo: fue lo que la trajo desde Santiago al Valle de Elqui.

“Mi marido es buen surfista… cuando lo conocí, me enseñó este deporte”, cuenta. Durante años trabajó en la capital y se “escapaba” al valle en fines de semana largos para navegar. Volvía con ganas de quedarse, hasta que a su esposo le ofrecieron un traslado y ella tomó la decisión: “Yo renuncié al mío y me vine al valle por el deporte”. “Era adictivo. Es un deporte súper técnico”.

Y ese “técnico” —dice— es parte del gancho. Pineida explica que llegar a un nivel alto toma tiempo, pero que el inicio es más accesible de lo que muchos creen. “El comienzo es muy amigable. Más o menos en cinco o diez clases ya quedas autónomo”, asegura. En su escuela trabajan por niveles —inicial, intermedio y avanzado— y sostiene que, con dedicación intensiva, se avanza rápido: “En diez días seguidos podrías aprender perfectamente”.

Su proyecto se llama La Tabla Escuela de Windsurf y nació en pandemia. “Nos quedamos sin trabajo ambos y decidimos poner la escuela. Esa es la razón fundamental”, relata. Hoy trabajan dos instructores y, según cuenta, hacen clases todo el año, aprovechando las condiciones de viento del Puclaro. Las clases suelen comenzar desde la mañana, “a partir de las 10”, y se ajustan al comportamiento del día.

Entrar, dice, no exige tener equipo propio: se puede aprender con implementos de la escuela. Las clases cuestan 80 mil pesos y duran cerca de dos horas, dependiendo de la resistencia física del alumno. “Es para todos los géneros”, agrega, y explica que enfatiza a las mujeres porque muchas no se atreven. También rompe el mito de la edad: “Yo partí a los 40 años; hoy tengo 50 y soy instructora”.

Cuando habla del “clic” que la atrapó, vuelve a la adrenalina de planear sobre el agua: “Sentí una adrenalina indescriptible… no me la había dado ningún otro deporte”, relata. Velocidad, control, giros y frenadas, todo empujado por viento: “¿Cómo dominar el viento a través de una embarcación que no tiene motor? Es una maravilla”.

Su invitación final es para el curioso que pasa por la carretera y sigue de largo: bajar, preguntar y probar, aunque sea una vez. “Que vengan, que entren, que pregunten por La Tabla”, dice. “No tienes que salir de Chile para tener vacaciones. Esto está en bandeja: agua dulce, viento, y un lugar maravilloso”. Y lo resume en una imagen simple: que más gente pueda decir, alguna vez, “yo hice windsurf en el Embalse Puclaro”.

 

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