Hay tradiciones que anuncian que llegó septiembre antes incluso de que comiencen las cuecas. Una de ellas es mirar hacia arriba y encontrarse con un volantín bailando en el cielo. En La Cantera de Coquimbo, Miguel Alejandro Loyola Peña lleva décadas poniendo su granito de arena para que esa postal no desaparezca.
Por: Javiera Escudero
A sus 58 años, Miguel oriundo de Santiago conserva intacta una pasión que nació cuando era niño, mirando trabajar a su abuelo Higinio Loyola y a su tío Agapito. Tenía entre 8 años cuando comenzó a aprender, utilizando materiales que hoy pueden parecer insólitos. «Nos enseñaron de a poquito a hacer los volantines con los palillos que quedaban de los volantines rotos», recuerda.
Al principio, el papel de diario era suficiente para sus creaciones. Después vino el papel de volantín y, con él, una afición que terminaría acompañándolo durante gran parte de su vida. Directo desde la caña de colihue su abuelo le enseñó a cortar las varillas de madera elástica y ligera para encumbrar los volantines.
Miguel llegó a Coquimbo en 1996 y años después retomó esta tradición casi por casualidad. Un turista santiaguino llegó hasta su casa buscando volantines y él aceptó el desafío. Consiguió palillos en Santiago, buscó papel y volvió a ponerse manos a la obra.
«Comencé a armar, y después me fui animando. Luego ellos los ponían afuera de la casa y ahí la gente se empezó a entusiasmar», relata.
Así nació un pequeño punto de encuentro que, con el paso de los años, se hizo conocido entre los vecinos. Actualmente, Miguel vende sus volantines en la Librería El Trencito, ubicada en calle Raúl Silva Henríquez, en la Villa Talinay.
«Llega más gente desde ahora, desde la última semana de agosto», cuenta Miguel, quien durante septiembre ve cómo aumenta la demanda.
Con volantines a tan solo 800 pesos asegura un precio que mantiene deliberadamente bajo porque, según explica, su objetivo no es hacerse rico con el oficio. «Más que hacer volantín para ganar dinero, lo hago para que los demás disfruten esta cosa del volantín», afirma.
«A veces los voy regalando. Cuando ya está terminando septiembre: dos por el precio de uno», cuenta. En alguna ocasión, recuerda, un niño llegó sin dinero suficiente para comprar uno. La solución de Miguel fue sencilla: entregárselo de todas maneras.
«Si yo no me muevo, la riqueza mía es la alegría del otro», dice.
Según Loyola, el volantín tampoco termina cuando sale de sus manos. Buena parte de la gracia está en todo lo que ocurre alrededor: conversar, enseñar a colocar los tirantes y ver cómo los más pequeños aprenden a manejarlo.

































