[Opinión] La Señora de la Feria

0
15

​“Existe un lugar especial en el infierno para las mujeres que no ayudan a otras mujeres” dijo Madeleine Albright. Estoy segura que, de haber nacido en Chile, ella agregaría otro lugar especial para aquellas mujeres que, siendo senadoras de la república, intentan utilizar a las señoras de la feria para denostar y denigrar a sus pares.

​Hoy no quiero referirme a la señora de la feria en abstracto, como si fuera solamente un constructo de las ciencias sociales. Desde muy niña ha tenido un rol protagónico en mi vida porque crecí en una calle donde sagradamente, desde los arduos años 80, se pone una feria los miércoles y los sábados. Llueva, truene o relampaguee. Todas las rejas de mi block tienen una salida a la feria, algunas directo saliendo de su vivienda (como lo era la mía) otras deben dar una pequeña vuelta a la esquina.

​En los ochentas y noventas, este ritual que ocurre dos veces por semana comenzaba tempranísimo en la mañana, antes del amanecer. Por ahí por las 9 am sonaba una flauta dulce con la intro a “Todos Juntos” de Los Jaivas, tocada por el flaco que estacionaba los autos mientras gritaba déle, déle”. Más o menos a esa hora salíamos a jugar las niñas a la calle, entre el pregón de los tomates y las tallas de la casera de las papas. La señora de la feria podía tener un ojo en sus propios niños y en los ajenos, al mismo tiempo que se aseguraba que no le pasaran gato por liebre con el vuelto. Más de alguna vez nos salvó del atropello de una bicicleta con un “fíjese mijita” y hasta nos dio ideas de emprendimiento para poner un puesto. Fue así como mis amigas y yo terminamos vendiendo nuestros diarios de vida y otros cachivaches que el cartero compró por 500 pesos el paquete completo, pagando con un billete de 500 pesos.  Cuántas lecciones de vida aprendimos en el barrio, con la señora de la feria.

​Pero no quiero romantizarla en una especie de arquetipo de mi infancia, porque con el transcurrir del tiempo, en mi adolescencia, también vi cómo la hija de la casera de las papas volvió de la cárcel, y cómo otras señoras de feria le dieron un espacio para que pudiera reintegrarse a la sociedad. Las señoras de la feria saben que a veces la del bandido te puede llevar por los caminos menos acertados, vendiendo otras hierbas en vez de orégano. Por eso, ellas tejen una red de apoyo para la deuda de alimentos y para la crianza, de manera que ojalá después no venga otro diablo más bandido a llevarse las crías al ex Sename, por poner solo un ejemplo.

​Hoy quiero compartir este gran pedazo de mi vida que se llama Señora de la Feria en estas pocas líneas, porque podría seguir con los romances, las fiestas y otras aventuras fantásticas de la feria en mi adultez. Sé que, como yo, hay muchísimas personas en Chile cuya experiencia de vida tiene a esta célebre señora como protagónica. Solo quise, en esta breve semblanza, compartir el tremendo honor de tener señoras de la feria en mi vida y de paso recordar a quienes tienen mala memoria – que lamentablemente abundan por estos días en nuestro país- que estamos en el siglo XXI en Latinoamérica y son ellas quienes sostienen la vida en este continente. Sí. Porque no estamos en el Chile del siglo XIX donde las jerarquías del latifundio mantenían al campesinado en la ignominia, tampoco estamos en la Alemania del siglo XX donde el campesinado cimentó jerarquías de raza y clase para un partido único. Hoy las mujeres de la feria son quienes nos proveen no solamente de alimentación, sino también de cuidado, de seguridad, de cultura y mucho más. La Señora de la Feria enaltece lo digno, lo humano y lo común en nuestra sociedad. No hay ponzoña en este mundo que pueda opacarlas o, mejor dicho, dicha ponzoña está destinada al círculo del infierno de Albright para aquellas que, como Camila Flores, utilizan el sacrosanto voto de la feria para ser electas y luego traer la sola vergüenza, la eterna deshonra al poder legislativo.

María Fernanda Glaser, Doctora en Estudios de Género y Globalización