La falta de relevo generacional y la escasez hídrica han obligado a la industria a depender de la migración para sostener las faenas rurales.
Por René Martínez Rojas
La pregunta resuena con fuerza en los predios de la Región de Coquimbo: Por qué los jóvenes huyen del campo. Sin duda, una situación que preocupa, y que se suma a la sequía que se viene arrastrando hace ya un largo tiempo. Por eso, el panorama es complejo, reconoce María Inés Figari, presidenta de la Sociedad Agrícola del Norte.
Para la dirigenta gremial, el diagnóstico es crudo. Y no se trata de una falta de afecto por la tierra, sino de una respuesta lógica a la precariedad.
«El agricultor cada día se está empobreciendo más, extremadamente endeudado con todos los conflictos que tenemos con el agua, con el clima y los mercados», reconoce.
La primera generación universitaria
Uno de los puntos detectados por la SAN es el cambio en las familias. Es que muchos de los jóvenes de hoy representan la primera generación que accede a la educación superior y tras el esfuerzo de sus padres por profesionalizarlos, el retorno al mundo rural se vuelve una opción poco atractiva.
«Lógicamente, los jóvenes no buscan vivir en las condiciones que han terminado viviendo sus padres. Es una realidad y no nos podemos tapar los ojos, no podemos decir que los jóvenes no quieren. Porque quieren el campo, igual como cualquier otra persona, pero lamentablemente acá se produce la oferta y la demanda ¿qué hacemos si no hay ningún futuro cierto para ese trabajo? ¿qué les podemos pedir?», señala Figari.
Para la dirigenta, la ecuación es simple: ante la falta de un futuro cierto y la ausencia de certezas económicas, la oferta laboral del campo no puede competir con las expectativas de quienes buscan estabilidad. «¿Me aventuro a lo incierto o quiero certeza? En general, la gente busca certeza», enfatiza.
El mito de la mano de obra barata
Además, cuenta que la escasez de trabajadores locales ha forzado un cambio en las faenas. Esto, porque hoy el trabajo pesado lo realizan mayoritariamente extranjeros y por ello, Figari es enfática en desmentir que se trate de una estrategia para reducir costos.
«No es que se busque porque es más barato, porque de eso se han colgado algunos pocos. Tampoco es que se busque mano de obra extranjera para pagar menos. Los extranjeros también saben cuánto valorar su trabajo. El tema está en que no hay mano de obra para hacer los trabajos que el campo requiere y ahí es donde estamos poniéndole todo el empeño para que las cosas sean lo mejor posible», explica.
El problema real es que los trabajadores locales históricos pertenecen hoy a la tercera edad y el esfuerzo físico que demanda el campo ya les resulta inalcanzable. El reemplazo, por tanto, no es una opción económica, sino una necesidad de supervivencia operativa.
La visión del Gobierno
El debate también ha escalado a nivel central, toda vez que el ministro de Agricultura, Jaime Campos, introdujo un factor adicional al análisis: la percepción de inseguridad. Según el secretario de Estado, las nuevas generaciones consideran el mundo rural como un entorno más vulnerable en comparación con la ciudad, donde sienten que estarían «más protegidos».
En la jornada de hoy la SAN tendrá una reunión con la seremi de Agricultura, Vicente Cortés, donde uno de los temas a tratar será precisamente este y el objetivo será buscar mecanismos que permitan hacer del campo un lugar viable nuevamente.



























